¿Qué pensarías si te dijera que la Tierra está viva? Ya no sólo los seres vivos que la habitan como nosotros los humanos, animales, vegetación e incluso los billones de de microbios y seres unicelulares que podemos encontrar en un sólo gramo de tierra. Atrévete a pensar un poco más allá. Que su temperatura, su composición atmosférica, la salinidad de los océanos y su superficie terrestre que, junto a la biodiversidad, trabajasen en armonía por la propia supervivencia de un sistema mayor, el Sistema Tierra. Esto es (a resumidas cuentas) la Teoría Gaya.
El científico y biólogo James Lovelock (recientemente fallecido, en paz descanse) hizo esta propuesta a los mundos de la ciencia al preguntarse, entre otras cosas, cómo era posible que nuestro mundo siguiera manteniendo la misma temperatura tras millones de años de existencia a pesar de que nuestra principal fuente de energía, el Sol, hubiera aumentado un 30% su calefacción, La respuesta fue que la Tierra tiene homeostasis, se autorregula cual organismo vivo, y a través de una simulación por ordenador llamada Mundo de margaritas se demostró como era la gran variedad de especies (la biodiversidad antes mencionada) era la principal promotora de esto. Algo parecido a como nuestro cuerpo humano necesita de la flora bacteriana para su supervivencia.
Dependemos del resto de seres vivos de este planeta más (de hecho exclusivamente) que ellos de nosotros, por ello debemos cuidarlos. La humanidad a experimentado una evolución de la consciencia moral a lo largo de su existencia que ha permitido la convivencia (con algunas excepciones), pero nos quedamos en los límites de una ética de la justicia. Hasta que llegó la Ética del Cuidado con Carol Gilligan. Esta nos es más cercana porque engloba mejor nuestra parte emocional, la diversidad, y la red de relaciones que caracterizan nuestro mundo.
Será bueno recuperar brevemente la figura de Leonardo Boff y su Cuidado Esencial que lo relaciona tanto con el resto de personas como con la Tierra, quien más lo necesita y lo merece. Debemos cuidarnos a nosotros mismos así como a todo lo que nos rodea ya que es una constante cosmológica que define nuestro Universo. Entender el cuidado como expresión suprema de amor. Y sentirnos parte del Todo, de lo que algunos llaman “Dios”, ya que estamos formados biológicamente para experimentar lo sagrado (pensemos en la glándula pineal, por ejemplo).
Ahora, como haría un buen narrador, con la intención de crear en ti curiosidad y no extenderme en esta entrada, te dejo simplemente citada la “herramienta última” diseñada y mejorada tras años de diálogo internacional sobre Sostenibilidad, Justicia y Paz: La Carta de la Tierra. Espero dedicarle una entrada a la altura de lo que merece tal documento que, tal como fue la Declaración Universal de Derechos Humanos en su día, puede marcar un antes y un después en la historia (esta vez) de la Tierra. Siendo la misma, en cierto modo, una versión actualizada de la primera, esta vez desde una perspectiva más Ecocéntrica que Antropocéntrica. Y que engloba las cuatro máximas prioridades de la ONU: la paz, los derechos humanos, la cooperación y el medio ambiente. Actualmente se encuentra trabajando en convertirse en un instrumento internacional vinculante en cuanto a gobernabilidad global y derecho internacional. Ojalá se consiga.
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